Sombreros de paja de Senegal

Daba y Ana, dos inmigrantes de Senegal recién llegadas que venden sombreros de paja en un puesto en la calle. Una pequeña historia difícil de contar por la lejanía del idioma y, quizá también, por el temor y la desconfianza de las dos jóvenes a una sociedad que están empezando a conocer y en la que, dicen, se las molesta por su condición de extranjeras.

Por Sarah Babiker

COMUNICAR IGUALDAD- Daba es voluminosa, muy joven, dice que llegó hace 5 meses, el 10 de mayo, concreta. Ana es flaca, bajita y lleva en Capital tres meses más que su amiga. Lo suficiente para que ejerza de intérprete.  He de reconocer que a Daba la tenía localizada, no se ven muchas mujeres africanas por las calles de Buenos Aires. Antes era muy difícil encontrárselas, cada vez hay más pero siguen siendo muy pocas en relación con los varones de ese origen. O al menos es lo que se ve en las avenidas donde exponen su mercancía cada vez más diversa. Daba vende sombreros de paja, un posible comprador le regatea el precio. El senegalés del puesto de al lado vigila que el hombre no abuse del poco conocimiento de Daba del idioma .Hacen la cuenta juntos, el hombre paga y se aleja con cuatro sombreros. Ahí aparece Ana, menudita y resuelta, me rescata porque Daba se había negado a contestar a mis preguntas. Solo wolof, dice Daba, Ana habla un poco de español pero no quiere que la grabe. La cosa se pone difícil.

Las convenzo. Hablan mucho, en wolof y entre ellas. Me contestan poco y me parece que se ríen de mí todo el rato. Entre las dos juntan adjetivos para definir la llegada “extraño, bien, bueno, mucha gente, me gusta. Aclaran que vienen de Dakar, que vienen a trabajar. Que también vendían en las calles de Dakar.  Ya saben que se van unos meses de vacaciones en un par de años, pero vivir van a vivir a acá. Extrañan a su familia, dicen, pero Ana corta ahí la lista de añoranzas, y las costumbres. ¿La comida? Acá también hay comida, me contesta pragmática. Y ¿cómo les trata la gente? Ana  dice sin dudar, “bien”. “Más o menos” matiza Daba, menos entusiasta, “hay gente que mal.” Quiero saber si tuvieron problemas, “no problemas”, zanja Ana. “Para las mujeres Senegal está muy bien, muy tranquilo, no nos molesta. Aquí hay  gente que nos molesta.”  ¿Por ser mujeres? , les pregunto. “E inmigrantes. Cuando les pido que me expliquen qué es ser inmigrante para ellas me observan con infinita pereza. “Mi no sabe”, dice una.  Qué otredad tan extrema que no podemos ni comunicarnos,  pienso. Pero ellas muy jóvenes, muy joviales parecen disfrutar de su otredad. Ana me pide que repita una palabra que ya ni recuerdo.  Lo hago y me anima a que se lo diga a otros senegaleses. ¿Es un insulto verdad?, le pregunto mientras niega vehemente, Daba confiesa entre risas. Cuando les digo si puedo hacerles una foto, siguen riendo pero me dicen que no con su mirada seria.

Nota central:

Mujeres sin fecha de vuelta

 

 

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