“Ser mujer migrante hace más complejas ciertas situaciones”

Flor Canales Bastidas es peruana. Llegó a Mar del Plata en el 2012, a contar cuentos y en pareja con un marplatense. Unos años después se instaló en Buenos Aires. “El imaginario colectivo que se maneja es que el  migrante viene porque quiere lograr cosas que en su país no ha logrado, o porque está en la última rueda del coche. Y muchas veces no es así, muchos pueden venir porque quieren probar algo diferente, o por razones de estudio, o de amor” afirma y, a la vez, da cuenta de la complejidad de la migración para las mujeres, expuestas a situaciones de violencia y acoso específicas de su condición de género.   

Por Belén Spinetta

COMUNICAR IGUALDAD- A Flor Canales Bastidas la trajo el amor, pero el amor por su profesión que es la de contar cuentos. Sí, ella es una “cuentacuentos”.  El primer impulso de venir a Argentina, desde su Perú natal, fue porque se encontraba en pareja con un marplatense desde hace 3 años: “Debido a que él extrañaba a su familia y deseaba retornar a su país, nos planteamos como proyecto venirnos a radicar por un tiempo a Argentina y en mi caso aprovechar ese tiempo como un ‘año sabático’”. Ella venía de trabajar en el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, el Ministerio de Educación y otras instituciones y necesitaba un respiro: “Eran 10 años de estas vinculada a problemáticas sociales pero siempre llegando a ellas cuando las situaciones ya estaban dadas, llámese casos de abuso sexual, maltrato infantil, trata de personas, etc.”

Era el año 2012, finalmente la relación no prosperó y volvió a su tierra. Pero las vueltas de la vida y su pasión por contar cuentos la trajeron de vuelta a la jungla de cemento. También sus deseos de seguir formándose: empezar una especialización en Arte Terapia y dedicarse más a fondo a trabajar en la narración oral, con la dimensión terapéutica. Llegó el “último día de marzo de 2014” y se quedó hasta diciembre. Y aunque sigue radicada en Buenos Aires, Flor está en tránsito permanente: “En el trayecto de estos meses estuve mucho fuera de Buenos Aires, viajando al interior de Argentina y a otros países como Colombia, Uruguay, Paraguay y Chile”.

Así, con todos esos nuevos objetivos, se vino a Buenos Aires, sin conocer absolutamente a nadie y sin tener amigos o conocidos sintiendo que no tendría mayor inconveniente ya que contaba con dinero suficiente como para vivir durante un año sin trabajar. Pero los primeros cinco meses no fueron lo que esperaba, las dificultades empezaron a surgir como un torbellino y entre otras cosas, sufrió una estafa con una inmobiliaria que la dejó sin sus ahorros. “Yo creo que no es que uno se inserte en la vida porteña sino que la vida porteña te viene de golpe y tienes que activar sí o sí. Así que se podría decir que en mi caso al menos sería como haber tenido un parto con dolor. Pero que ahora siento que ya es un nacimiento del que he aprendido mucho”. Para ella esos cinco meses fueron los más complicados: “Sentía que no entendía nada o casi nada y lo peor aún es que no me dejaba entender; entonces te viene una y otra vez esa especie de nostalgia de sentirte desencajado y de querer volver a tu ‘zona de confort’, a tu país, a tus códigos, a tu lenguaje, a tu comida, a tus olores y tus sabores; cayendo en una especie de juego de pin pon de comparación entre lo que hacías y entre lo que ahora tienes que hacer”.

Y ser mujer, y ser migrante fueron parte de ese combo explosivo. “Creo que ser migrante ya presupone ciertas cosas para quien es del propio de un país, el imaginario colectivo que se maneja es que el  migrante ‘vino porque le fue mal en su país’, viene porque quiere lograr cosas que en su país no ha logrado, o porque está en la última rueda del coche. Y muchas veces no es así porque muchos pueden venir porque quiere probar algo diferente, o por razones de estudio, o de amor al haberse enamorado de alguien de ese país, etc. Y dentro de todo este contexto el ser mujer en general hace más complejas ciertas situaciones y te pone en un estado de vulnerabilidad mucho más intensa.”

Flor vivió en carne viva las vulnerabilidades que presupone ser muy y migrante: sufrió acoso por parte del padre de la persona con la que compartía la vivienda. “Pese a haber trabajado tantos años en la temática de violencia familiar y acoso, el tema de ser migrante, ser mujer y sin conocer a nadie te pone en un grado de imposibilidad”. Frente a esa situación no supo qué hacer: si denunciar, si hablarlo, qué hacer si el agresor era el papá de la persona con quien vivía. “Me vi en la situación de tener claro que no tenía ningún familiar en este país, no tener ningún amigo cercano porque tan solo tenía un par de meses aquí y de no saber cómo activar porque desde un tema muy básico que es que no tienes ni DNI porque recién estás en un proceso de tramitar. Y que el agresor te diga eso: que nadie te va a ayudar porque eres migrante y que nadie te va a creer.”  La joven peruana lo dice con franqueza: fue muy fuerte para ella haber estado tantos años ayudando a gente en situación de violencia y no saber qué hacer al vivirlo en carne propia.

Podríamos pensar, que ante tantas adversidades, no le quedaba otra opción que armar las valijas y volver…  Pero la vida le tenía reservada muchas sorpresas. Fue que narrando cuentos en la Feria del Libro conoció a una mujer que le ofreció ir a contar cuentos a las escuelas de Macachín, un pequeño pueblito de La Pampa. Aceptó el desafío y a partir de ahí todas fueron buenas… Buenas que implican seguir remando y esforzándose pero con otras perspectivas.

Le preguntamos si ve a la capital de Argentina como un lugar para quedarse. Desde el punto de vista de mi actual trabajo creo que Buenos Aires tiene muchas cosas que me jalan: a nivel de talleres, funciones, actividades culturales, hay mucha variedad para poder elegir. También a nivel geográfico está ubicada estratégicamente, lo que facilita poder viajar más fácilmente a otros países.” Sin embargo, todavía hay cosas que no siente propias – como el ritmo vertiginoso de la cotidianeidad en la ciudad- y que aún hay otras que hacen que no vea a Buenos Aires como un lugar para quedarse: la familia lejos, una de ellas. “Pero también creo que cuando una va tejiendo redes con la gente, migrantes y no, se pueden obtener cosas maravillosas. Creo que el argentino es un apasionado, y eso me encanta.”

Las puertas se fueron abriendo, los lazos de solidaridad se fueron cementando y la vida porteña se desplegó ante ella con nuevos aires. Ahora puede vivir de lo que le gusta: narrar cuentos y formar a otros/as narradores.  Ahora para Flor, la ciudad tiene mucho más que darle… Pero siempre con su valija al hombro parar llevar sus cuentos a cada rincón de Argentina y de nuestra América.

Foto: Gentileza Flor.

Nota central:

Mujeres sin fecha de vuelta

 

 

1 Comentario

  1. ronald:

    grande flor……jejejejej

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