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¿Otra cobertura como la de Angeles Rawson?
Por Sandra Chaher
COMUNICAR IGUALDAD- Se supone que las personas podemos aprender de nuestras experiencias fallidas. Reflexionar y dar de nuevo la baraja. Pero el periodismo no lo está haciendo. A pocos meses del que ahora sabemos fue el feminicidio de Angeles Rawson, los medios están de nuevo “haciendo mermelada” con el brutal asesinato de Araceli Ramos.
Aun ningún medio difundió fotos del cadáver –es más probable que porque no las tengan y no porque el repudiado antecedente de MUY los haya prevenido-, pero incurrieron en muchísimos vicios de cobertura que ya habían sido cuestionados en los últimos meses a partir de la cobertura del asesinato de Angeles Rawson: difusión de la identidad de la víctima –y su entorno- y del victimario –y su entorno-, especulaciones de todo tipo sobre las causas del asesinato, aprovechamiento sinfín de testimonios desgarrados como el de la madre de la víctima que fomentan el sensacionalismo.
¿A quién sirve conocer la identidad de víctima y victimario? A nadie a efectos prácticos. Si pensamos en posibles víctimas de casos similares, basta con el estereotipo del asesino y de la víctima, en la medida en que estos estereotipos estén al servicio de una explicación más profunda de las causas del asesinato. No para que sirvan para estigmatizar a un tipo de persona (luego de que fuera difundida la identidad de José Luis Mangeri como posible asesino de Angeles Rawson mucha gente comenzó a sospechar de la integridad de los encargados de edificios).
¿Para qué especular con las causas? La única razón desde los medios para hacer esto es llenar minutos de aire y líneas gráficas sosteniendo en agenda el caso. Para la investigación judicial, las hipótesis periodísticas representan presión y molestias. Es decir, los medios que hacen esto dificultan el avance de la causa.
La mamá de Araceli Ramos necesitaba claramente contención frente a tamaña tragedia, pero los micrófonos no se la dieron. ¿Alguien le restituyó a su hija? ¿Está garantizado que, como pide desesperadamente, al asesino le den prisión perpetua? No, los medios no pueden garantizar eso. Son una píldora efímera ante el dolor inagotable.
Pero a la vez, ¿qué no nos están diciendo la mayoría de los medios en esta cobertura infinita? Que Araceli Ramos hoy está muerta porque era una víctima vulnerable y que esa vulnerabilidad se la daba en gran parte su condición de género.
AR pertenecía a una clase social baja y por eso estaba necesitada de un trabajo. Quizá porque esa necesidad era mucha se expuso innecesariamente. Confió en una persona a la que conoció en las redes sociales. Quizá no sabía o prefirió desconocer –y en este caso probablemente por falta de recursos intelectuales y/o culturales- que así como las redes sociales son una herramienta útil para muchos fines, son también una fuente de delitos en los que, como siempre, las personas más vulnerables (y el género es una variable de vulnerabilidad) están más expuestas. Esa persona en la que confió era un varón y los varones, en nuestras sociedades, suelen ser personas con más recursos y poder que las mujeres. Además, este varón particular, probablemente para convencerla haya hecho ostentación de sus habilidades.
Ayer en el diario La Nación, Laura Quiñones Urquiza –criminóloga- describe el perfil del posible asesino y del tipo de víctima que necesitaba. Dice: “alguien que cumpliera con determinando patrón: responder a una convocatoria de empleo, con necesidades económicas tales que no tomara en cuenta distintos recaudos, un grado de ingenuidad que 25 llamadas de un futuro empleador no le resultaran sospechosas y que su vulnerabilidad fuese la suficiente como para caer en la manipulación previa”. A Quiñones Urquiza le falta perspectiva de género para que su análisis sea completo: esas características es más probable que las tenga una mujer que un varón, no por ninguna condición biológica, sino porque la socialización desigual hace que las mujeres creamos que los varones son mejores, superiores y disponen de un poder del que nosotras carecemos.
¿Qué debería hacer una sociedad frente a esta desigualdad de género que se manifiesta diariamente, todo el tiempo? Es decir frente a la violencia simbólica que hilvana la sociedad. Intervenir, decir basta, estar alerta. La familia de AR está acompañada por muchas personas que están diciendo “Basta”. Pero ¿dónde estaba el Estado cuando su mamá fue a hacer las denuncias? ¿Por qué se las rechazaron dos veces? ¿Qué prejuicio habrá llevado a la Policía a pensar que la adolescente no podía haber sido víctima de un delito? ¿Habrán pensando que estaría con un novio, que se habría ido del hogar por una posible discusión? ¿Por qué fue más fuerte esa imagen que la de AR como posible víctima de un asesinato?
Porque la seguridad de las mujeres no es tema central de las políticas públicas y el género no está incluido como perspectiva de análisis en las políticas de seguridad. Si así hubiera sido, la policía habría inmediatamente intervenido sospechando que por ser mujer podía haber caído en un engaño. Pero no porque las mujeres seamos tontas, sino porque la desigualdad de género configura escenarios en los que a las mujeres se nos quita –y nos quitamos- poder y se les atribuye –y se lo atribuimos- a los varones; a veces estos escenarios son reales pero en muchos casos son construcciones simbólicas y, habitualmente, son una mezcla de ambas cosas.