Boletín de Noticias
Comentarios
- Comunicar Igualdad: Silvia, escribí por favor a capacitacioncomig@gmail.com. All… on “Una democracia sin mujeres no es media democracia sino que no es democracia”
- Silvia Arellano: Hola informacion para formarme… on “Una democracia sin mujeres no es media democracia sino que no es democracia”
- Comunicar Igualdad: Gracias Alonso… on Ni un paso atrás con las políticas de género











«Migrar es un derecho humano»
Melina llegó hace 9 años desde Colombia. Le costó insertarse en Buenos Aires. Lxs porteñxs “son amables pero mantienen sus vínculos muy cerrados a los espacios de la infancia, el colegio, el barrio” afirma. Y la condición femenina cree que le hizo las cosas más difíciles. Al estigma de las colombianas como mujeres «fiesteras«, se sumó el temor por el acoso y la violencia en la ciudad. Su cable a tierra fue la militancia política. Hoy, con la firma de los acuerdos de paz en Colombia, duda entre quedarse y volver.
Por Belén Spinetta
COMUNICAR IGUALDAD- Melina Sánchez Rincón llegó a Buenos Aires hace 9 años, el 23 de enero de 2007. Se acuerda de ese día como si fuera ayer. Venía desde su Colombia natal buscando nuevos caminos y porque “tenía ganas de vivir la vida, el amor y la política”, en sus propias palabras. Como ella, son muchas las jóvenes latinoamericanas que eligen la capital argentina como destino. Se rebuscan la vida en diversos trabajos, como bares, pubs, librerías hasta poder insertarse profesionalmente.
Pero antes de llegar a Buenos Aires, Melina tuvo otra parada intensa. “Tenía 21 años y me encontraba hace un año haciendo mi pasantía en la Embajada de Colombia en Israel y un Consulado Móvil en Palestina para recibirme como politóloga. Durante esa experiencia además de conocer las complejidades e injusticias del conflicto en Medio Oriente, conocí y viví también lo que era ser una inmigrante, autodefinirse como tal”. Para ella, ese “autodefinirse como migrante”, no fue un proceso en solitario, parte de una experiencia colectiva: “Conocí un grupo de latinoamericanos que conformaban lo que se llama ‘La Escuelita’ en Israel, un colectivo que servía de contención para todos los inmigrantes latinos no judíos que vivían allí y luchaban por la no deportación de ellos y sus hijos, quienes la mayoría habían nacido allí”. Relata que muchas de las personas que integraban ese espacio eran argentinas y la animaron a pensar en este país como un lugar donde “yo y mis ideas estuvieran a gusto… y así fue”.
Melina nos cuenta que el insertarse en la vida porteña no fue sencillo: “Al principio costó sentirme como una persona que había tomado una decisión de vida como cualquier otra, la de migrar”. Detrás de cualquier pregunta en la calle, siempre venía como respuesta un “¿de dónde sos?” y “¿a qué viniste?”. Asegura que las y los habitantes de la ciudad “igualmente son amables pero mantienen sus vínculos muy cerrados a los espacios de la infancia, el colegio, el barrio”. Sin embargo, al año de haber llegado pudo encontrar los sitios donde ir fortaleciéndose: “Conocí la militancia y a pesar de que mi condición migrante siempre es algo que te hacen notar, ella me dio mucho de lo que necesitaba para poder cumplir muchos sueños”.
Una pregunta obligada que le hacemos es si el hecho de ser una mujer migrante le presentó mayores dificultades en su proceso de asentamiento en el país. Ella no duda: “Si”. Hace 9 años además, el trámite para obtener la residencia era confuso, lento y de difícil acceso. “Se entregaban los turnos para el ingreso de la documentación desde las 7 de la mañana y para eso mucha gente incluso dormía afuera del edificio de Migraciones que queda en Avenida Antártida Argentina para poder alcanzar a los 100 turnos que se repartían; yo tardé muchas veces en lograr tener uno por que no me animaba a ir sola en ese horario a esa zona, no habían mujeres haciéndolo y yo no quería arriesgarme”. Agrega además que existe un imaginario sobre la mujer colombiana, no sólo en Argentina sino en muchos lugares: “Que somos ‘fiesteras’, ‘que mostramos mucho’ y esos son comentarios que en ocasiones te encuentras muy a menudo”.
Como parte de un colectivo de jóvenes migrantes de América Latina, Melina también fue encontrando allí los lazos de solidaridad necesarios para sostenerse. “Fui tejiendo muchos lazos, la mayoría incentivados por los espacios de militancia de una izquierda argentina que recuperó el sueño de una patria latinoamericana, unida. No sólo en lo político y lo económico sino también en lo social y lo cultural”. Y en ese sentirse unida a otros por sueños y compromisos, le permitió que pudiera encontrarse en charlas, congresos, campamentos, con otrxs jóvenes de su país y el resto del continente.
Cuando piensa en Colombia, tiene en cuenta también las dificultades que la situación económica y política que representa para la juventud. “Yo vengo de una generación en donde la mayoría estamos afuera. Mi país era un lugar muy difícil para expresar las ideas, lo sigue siendo, pero el pueblo colombiano sigue dando muestras de la enorme capacidad de resistencia y organización que tiene”. En su militancia porteña, su nombre va seguido por «colo» o «colombia«, algo a lo que todavía no se acostumbra pero que aprendió a tomar con cariño: “Porque migrar es un derecho humano, no hay personas ilegales, entonces que me apoden de esa manera sólo me recuerda que todavía hay muchas razones por las cuales seguir luchando cada día y porque eso también me permitió reencontrarme con las razones, por más dolorosas que puedan ser, por las que decidí ser ‘extranjera’”. Nueve años lejos de su tierra natal es bastante para una joven de 29 años, pero Buenos Aires aun es una ciudad con mucho para darle. “Yo creo que el sitio de una es en donde están tus afectos y por ahora los míos están aquí a pesar de que muy a diario me despierto pensando si ahora que Colombia firmó la paz no es un buen momento para regresar con lxs otrxs que se quedaron allá”.
Foto: Gentileza Melina.
Nota central:
Mujeres sin fecha de vuelta