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Lxs chicxs no mienten, Dylan Farrow tampoco
En el contexto de una producción sobre el falso Síndrome de Alienación Parental (SAP) no podíamos dejar de incluir una reflexión sobre la denuncia pública hecha por Dylan Farrow contra su padre adoptivo Woody Allen por abuso sexual semanas atrás, un caso que fue cerrado en la justicia norteamericana hace veinte años pero que evidentemente a ella como víctima le sigue produciendo dolor. Allen siempre argumentó que la denuncia era falsa y que se trataba de una manipulación de su ex esposa Mia Farrow. Según investigaciones de los mismos Estados Unidos, las falsas denuncias de niñxs en causas judiciales de abuso sexual no superan el 3%.
Por Sandra Chaher
COMUNICAR IGUALDAD- Semanas volvió a activarse, después de veinte años, una denuncia de abuso sexual de Dylan Farrow sobre su padre, el cineasta Woody Allen. Ella, que nunca había hablado públicamente del tema, lo hizo en un blog del diario New York Times, actualizando la denuncia sobre abuso que cuando tenía siete años su madre, Mia Farrow, presentó por ella ante la justicia.
Aparte de Dylan Farrow y Woody Allen, mucha otra gente opinó sobre el tema. La pregunta que me hacía, leyendo estas opiniones que de un lado –por lo general personas vinculadas al cine y a la cultura- interpretaban la carta de Dylan como lo hizo el mismo Allen: como una nueva estrategia manipulatoria pergeñada por su ex esposa Mia Farrow y, por otro –comentarios provenientes del feminismo- decían que la víctima debía ser escuchada, es ¿podría Dylan haber inventado esta historia cuando tenía siete años o haber sido influenciada por Mía Farrow –como sostiene Allen- para hacerlo? Y si así hubiera sido, ¿por qué retomaría el tema veinte años después de que un tribunal haya cerrado la causa? ¿Por qué otra razón lo haría si no es porque no puede convivir con el dolor de aquellos momentos?
Dylan es hoy una mujer de 28 años. Nunca había hablado públicamente de esta situación de denunciado abuso sexual contra Allen, que pasó por los tribunales cuando tenía siete, y en medio del divorcio de Allen y Farrow y de la disputa por la tenencia de sus hijxs. En ese momento, los peritajes hablaron por ella, además de los propios testimonios que brindó a la justicia como niña. Luego nada más.
Ella creció y habrá intentado armar su vida, transformándose en escritora y artista según dicen las crónicas mediáticas. Esas mismas crónicas relatan que el año pasado fue diagnosticada con estrés post-traumático, aunque no se aclara si habría habido en ese momento algún episodio que disparara el hecho o se debía a traumas previos.
¿Por qué esta persona, que intenta rearmar su vida como puede, retomaría una acusación de abuso sexual veinte años después si no fuera porque realmente en alguna forma fue maltratada y/o abusada por Allen? Cuesta creer, como pretende Allen, que todo sigue siendo una manipulación de Mía Farrow.
Victoria Berlinblau -médica especialista en psiquiatría infanto-juvenil y forense de la justicia nacional- cita en sus trabajos dos investigaciones norteamericanas, en las que luego de analizar muchísimos expedientes se llegó a la conclusión de que las falsas denuncias de niñas y niños en causas judiciales de abuso sexual no superan el 3% de los casos. Lxs chicxs no mienten.
Y no mienten mayormente porque no tienen cómo sostener la mentira. En el mismo artículo, la psicóloga Sonia Vaccaro lo presenta cristalinamente: “No es posible que una criatura SOSTENGA de forma efectiva una afirmación que es falsa. Cualquier adulto o adulta entrenada puede hacerle las preguntas precisas que lo harán ponerse en evidencia. Tampoco es posible que un niño o una niña invente episodios que por edad evolutiva desconoce, como por ejemplo la consistencia del semen o de un pene en erección si no lo han tocado”. Y cuenta que en España, donde ella vive y trabaja, estas denuncias son sólo el 0,12% de los casos, muchísimos menos aún que en USA.
En la carta pública presentada en el blog del New York Times, Dylan Farrow dice: «Desde que tengo memoria, mi padre ha estado haciéndome cosas que no me gustaban. No me gustaba lo frecuente que me apartaba de mi mamá, de mis hermanos y amigos para estar a solas con él. No me gustaba cuando metía su pulgar en mi boca. No me gustaba cuando tenía que ir a la cama con él y meterme debajo de las sábanas cuando él estaba en calzoncillos. No me gustaba cuando colocaba su cabeza sobre mis piernas desnudas y aspiraba y exhalaba. Yo me escondía debajo de la cama o me encerraba en el baño para evitar esos encuentros, pero él siempre me encontraba».
También dice que este abuso la condicionó en su vida adulta, dificultándole su vínculo con varones y generándole trastornos alimentarios. Y que se decidió a hablar públicamente del caso porque la estimularon otras personas sobrevivientes de abuso sexual.
La vida de Dylan no debe haber sido nada fácil cuando era niña, cuando creció y ahora como mujer adulta. ¿Por qué habría de pretender llevar más dolor a esa vida con la carta pública que publicó semanas atrás en el New York Times si lo que dijo en ella no fuera cierto? ¿Si no sintiera realmente que Allen abusó de ella, que traspasó las fronteras del cariño paterno para adentrarse en las conductas difusas, para lxs niñxs, del abuso?
Volvemos a citar a Berlinbleau quien, refiriéndose a las dificultades de encontrar un victimario en situaciones de abuso que suelen ocurrir sin testigos y entre cuatro padres, y de definir un perfil psiquiátrico de los abusadores, sí se apoya en la certeza de que el abuso es una bomba infernal a la confianza infantil: “Sabemos que la mayor parte de los actos de violencia contra los niños los cometen personas que éstos conocen y en quienes deberían poder confiar e ir en busca de protección y apoyo, como progenitores, padrastros o parejas de los progenitores, miembros de familias ampliadas, cuidadores, novios, novias, compañeros de clase, profesores, líderes religiosos y empleadores”. Es decir, personas de quienes esperamos que nos den respuestas adecuadas para enfrentar la vida, con lo cual solemos confiar en sus actitudes.
¿Qué pasa con la confianza y el amor infantil cuando se sienten dañados, heridos, maltratados? Se producen traumas, un dolor que persiste en el pecho y el alma, que puede reaparecer muchos años después, que cuesta muchísimo que sea sanado y que a veces no se lo logra nunca.
Como le debe haber pasado a Dylan Farow.
Nota central:
El SAP no existe