«Es un regalo de dios ¿o no?»

 

DSC_0976Por Lucila Szwarc (La Mestiza). Buenos Aires.

No puedo ni usar un seudónimo. ¿De qué otra manera podría nombrarla? Evangelina. Eva. Como si hubiera salido de una costilla. Como si no fuera una persona entera ella, sino una apéndice de otra. Como si no pudiera tomar sus propias decisiones. Decisiones que quiere tomar por ella su ex-novio de familia importante, que ahora vive en Estados Unidos porque acá no podía estar sin custodios, de tan importante que es parece.

Se ve que sus 7 hermanos que están acá igual lo custodian y se encargan de asegurarse que ese chico no nazca, que lo aborte ya. Que esa trolita no se salga con la suya sacándole plata a una familia bien. Hecha, derecha y católica. Y sobre todo, que nadie se entere de semejante cosa.

Se iban a comprometer, me cuenta, pero algo sucedió justito antes de la noticia del embarazo, y él le dijo que se iba a vivir a Nueva Zelanda con otra. Después le dijo que el embarazo lo había inventado. Después, borracho y drogado, la llamó con un cuchillo en la garganta y amenazó con matarse.

Evangelina llora, se atraganta, no para de llorar. Esperar que la pase a buscar la persona que su ex-novio le va a mandar para abortar en un consultorio clandestino no es una opción. No sabe qué quiere, no sabe si quiere un bebé (“Es un regalo de Dios, o no?”, pregunta) o quiere un aborto. Pero sabe que lo que haga lo va a hacer sola. Si aborta, va a ser sola. Si elige continuar y ser madre, va a ser sola, a pesar de todas las presiones para que no lo tenga.

Ella es uruguaya. Su padre es un médico muy importante y conocido en Uruguay. Paradojas de la vida: su padre trabaja en una clínica católica y ahí nadie quiere hacer abortos, aunque el acceso al aborto sea legal. Y así también fue como se enteró que estaba embarazada en Buenos Aires. En un hospital católico. “Con las monjitas”, dice, ya poniéndole ironía a su propia situación.

Su tono fue cambiando. De la parálisis absoluta, del ataque de llanto, de meterse en la cama a quererse morirse y que todo termine. Sería una decisión cobarde pero más sencilla que la otra decisión que tiene que tomar, dice temblando y casi con vergüenza. Ninguno de los dos caminos es el suyo. Está en un lugar en el que ella no se metió, la metieron. Y ahora paralizada no puede seguir. El miedo, el miedo que la acosa, es elegir, elegir algo por ella misma, llevándole la contra a Dios. Y que Dios mañana se vengue. ¿Qué pasa si mañana no puede quedar? Por más que le hable de la seguridad del aborto en la sexta semana de embarazo, de todas las chances que tendrá más adelante de tener un hijo o una hija buscándolo/a, deseándolo/a, eligiéndolo/a, no hay caso. Teme elegir mal. Y qué pasa si toma la decisión equivocada.

No la ayuda, pero le digo que es ella la que tiene que elegir. Pensar los dos caminos, las dos opciones, imaginarse de un modo u otro. Esgrime las razones que esgrimimos todas y que escuchamos siempre. Su carrera, su trabajo, el no deseo de ser madre soltera, no así ni ahora. Y esgrime las otras. ¿Vos crees en el karma?, pregunta. Creo que sí, le digo, pero yo no creo que el aborto sea algo malo. Todas las mujeres abortamos en algún momento de nuestras vidas. Antes, imagínate, cuando no había métodos anticonceptivos, las mujeres abortaban aun con más frecuencia. Eso que tenés ahora adentro, no mide ni un centímetro, no es un bebé, le explico cada vez que usa esa palabra. Fue la Iglesia católica la que nos convenció de que el aborto era algo malo. Y es por esa iglesia por la que ahora Evangelina llora, esa iglesia que la tutela, desde las voces de todas sus amigas. Esa iglesia que dice “sé madre a toda costa”, a la vez que dice “madre soltera y abandonada, eso sí que no”.

Evangelina se va tranquilizando. Empieza a respirar, a hablar más pausado, agradece. Siento como va cediendo de a poco el peso. Quise transmitirle de mil maneras que no había tragedia, que ningún camino era necesario, que con el tiempo la decisión cobraría sentido, que ella volvería a encontrar su propio rumbo. En el alivio de su voz sentí que algo logré, que la toqué.

– ¿Cómo te llamás?, pregunta.

– Simona, le digo, un poco risueña por la “mentira”, un poco sostenida por mi nombre colectivo.

– Muchas gracias, Simona, dice con ímpetu y ahora sí, tranquilidad.

Corto el teléfono, con mi voz entera de hada madrina de línea de ayuda, y exploto en llanto. Me va a llevar unas horas reponerme del todo. Entender que a las mujeres no nos enseñan a tomar decisiones por nosotras mismas y que, como dice Martha Rosemberg, el aborto es para muchas mujeres la primera decisión autónoma que toman en sus vidas. Me va a llevar un rato también  recordar que Evangelina no está sola, que una red de mujeres la va a sostener. Nosotras, todas las Simonas, su madre que la llama “cada dos minutos” apoyando cualquier decisión que ella tome, y tal vez alguna amiga que después de todo, entre en razón y sin juzgarla pueda acompañarla. Después de mandarles mensajes a mis compañeras de La Mestiza, de hablar por teléfono con una de ellas y de hablar con mi compañero que trata de consolarme aunque le falten palabras, logro controlar mi llanto. Y esta vez es mi cuerpo el que siente que yo tampoco estoy sola. Al final del día mi madre, psicóloga de profesión y de visión, me termina de ayudar a aclararme: “Por lo que me contás, ella ya tiene la decisión tomada”.

Este relato forma parte de la sección “Socorristas en red- Relatos de feministas que abortamos”, un emprendimiento conjunto de Comunicación para la Igualdad y Socorristas en Red para poner en palabras las prácticas del acompañamiento del aborto y el aborto mismo. Dicen las socorristas: Elegimos escribir, elegimos compartir esas escrituras a modo de gesto político, para hacer que las palabras sigan diciendo algo, para seguir aportando pensamientos y acciones que nos hagan más inteligibles y visibles las prácticas de abortar, para saber más y mejor acerca de cuál es la ley que instalan las mujeres cuando abortan… para insistir e insistir…”

 

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