Editorial Biblos acaba de publicar Autonomía y Feminismo- Siglo XXI, un libro de ensayos y escritos en homenaje a Haydée Birgin recopilado por el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA). A continuación publicamos el capítulo «Autonomía, Tiempo y posfeminismo: la agenda en construcción», escrito por Laura Pautassi – socia fundadora de ELA-, en el que se analizan los logros y desafíos en relación a temas de cuidado y a la transversalización del enfoque de género en las políticas públicas de América Latina.
COMUNICAR IGUALDAD-
Vos vas a vivir el posfeminismo…
Palabras de Haydée a Lucía, Buenos Aires, 2000
¿Es posible pensar que en el siglo XXI podremos construir una agenda posfeminista? Desde hace tiempo vengo interrogándome acerca de esa salutación que hacía Haydée a su bella nieta Lucía, quien por entonces era una pequeña que aún no caminaba.
Los años pasaron, hemos avanzando intensamente con estudios y evidencia empírica relacionada con las múltiples discriminaciones de género, hay transformaciones importantes en el campo de las políticas públicas, las mujeres no solo han ingresado al mundo del trabajo sino que han sostenido y aumentado la tasa de participación laboral; se han producido cambios importantes en las subjetividades de mujeres y varones, el movimiento de mujeres en América Latina se ha diversificado, estratificado pero también enriquecido con nuevos activismos que trascienden las tradicionales reivindicaciones de mujeres, como violencia, salud sexual y reproductiva, igualdad de oportunidades, para incorporar la diversidad, identidad sexual y de género, siempre preservando la heterogeneidad y diferencia.
A su vez, el nuevo milenio comenzó con la incorporación de una agenda pública, que incluye un importante número de compromisos por parte de los
Estados en torno a garantizar la equidad de género e impulsar un enfoque de derechos humanos orientado a las políticas públicas, los que, variando en cada caso, incluyen desde medidas de acción positiva en el mercado de trabajo para corregir las desigualdades de género, reformas en los sistemas de seguridad social, como el bono por hijo en la reforma previsional chilena, el diseño de sistemas nacionales de cuidado (Uruguay y Costa Rica); y la equiparación, en algunos países, de los derechos de las trabajadoras domésticas con los de los demás trabajadores asalariados formales. Ya son varias las mujeres que han ganado por procesos eleccionarios las presidencias de los países, al mismo tiempo que se ha producido un incremento en el acceso de las mujeres en cargos legislativos y en las magistraturas de distintas instancias jurisdiccionales, como también en puestos de conducción. Muchos países dictaron leyes de salud sexual y reproductiva, a partir de garantizar la provisión pública de anticonceptivos, la píldora del día después, el distrito federal de la ciudad de México despenalizó el aborto por ley y en otros países se han revisado y ampliado las leyes de violencia. En la Argentina se ha sancionado la ley de identidad de género y de matrimonio igualitario para personas del mismo sexo.
Sin embargo, no solo que no han sido suficientes sino que la autonomía plena de las mujeres aun dista de ser alcanzada. Sin entrar en la controversia vinculada al concepto de posfeminismo y sus múltiples usos -y abusos-, recupero liviana y casi irresponsablemente este deseo-salutación de Haydée para interrogarme si podemos construir una agenda donde efectivamente demos por superada gran parte de las luchas que han caracterizado al feminismo de las últimas décadas del siglo pasado y del presente. En lo que sigue, recupero alguno de los debates y propuestas en los cuales hemos puesto el énfasis en América Latina, buscando analizar –nuevamente sin un respaldo empírico exhaustivo[1]– lo que ha sido la construcción de una agenda de políticas públicas con “enfoque de género” para la región.
No existen problemas…
Una de las frases que más han sido referenciadas a lo largo de este libro es la magistral síntesis que construye Haydée al subrayarnos que “no existen problemas de las mujeres sino problemas de la sociedad atravesados por las mujeres” [2] y que la lógica de resolución, en tanto las mujeres “no tenemos una entidad homogénea mujer enfrentada con otra entidad homogénea varón, sino una multiplicidad de relaciones sociales en la cual la diferencia sexual está construida siempre de muy diversos modos…”.[3]
Concordantemente, el uso del tiempo se convierte en un buen ejemplo de los problemas sociales atravesados por las mujeres que es clave en la vida cotidiana de las personas y que moldea sus subjetividades en forma determinante como también los procesos sociales, políticos, económicos, productivos, de servicios. De este modo, la “normalidad cotidiana” no es otra cosa que el tránsito por la experiencia asimétrica del uso del tiempo en la vida de las personas, estructurado a su vez por condicionantes de clase, etnia, género, situación socioeconómica pero particularmente por la desigualdad en el uso de este bien escaso que condiciona las elecciones de vida y las consiguientes trayectorias.
A pesar de ser escaso y absolutamente limitado, pero curiosamente “de libre” disposición, el uso del tiempo se ha transformado en las sociedades contemporáneas en uno de los más poderosos estratificadores sociales, que irrumpe bajo una lógica meritocrática como uno de los límites claros a las posibilidades de inserción social. En forma paradójica, ofrece alternativas clientelares en su uso, de modo que seguramente quienes viven en condiciones de extrema vulnerabilidad social el tiempo es casi el único recurso que disponen, al igual que las personas extremadamente ricas que también tienen mucho tiempo. En cambio, quienes se encuentran “atravesados por la vida cotidiana” cuentan con escaso tiempo, que permeado por la lógica de las relaciones sociales de género, será distribuido en forma nuevamente asimétrica.
Estas determinaciones que se hacen a la luz del uso del tiempo dan cuenta de un grave problema que atraviesa a la sociedad y claro, a las mujeres en primer lugar, que son las responsabilidades de cuidado, que al igual que los demás recursos están distribuidas desigualmente. Así, el tiempo de trabajo productivo y reproductivo sigue cooptando a las mujeres cotidianamente sin que los varones hayan dispuesto cambios sustanciales en el uso de su tiempo, y mucho menos para asignarlo a tareas de cuidado. Como paradoja, a medida que las mujeres logran sortear las desigualdades y las discriminaciones en el mundo público, gracias a la incorporación de pactos y tratados internacionales, leyes que promueven la igualdad de acceso, planes de igualdad de oportunidades, como también la legislación interna y las acciones positivas, quedan entrampadas en la desigual distribución de responsabilidades de cuidado.
Nuevamente, esta desigualdad obedece a la rígida y asimétrica división sexual del trabajo en el interior del hogar, sin que se haya podido redistribuir todavía entre los miembros de la pareja, como también a la falta de inversión pública en cuidado. Como venimos advirtiendo y denunciando, no solo hay un déficit de provisión estatal en infraestructura de cuidado en la mayoría de los países de América Latina, sino que las escasas normas de conciliación trabajo-familia solo rigen para las trabajadoras asalariadas formales y se concentran en regulaciones vinculadas a la maternidad (licencia por maternidad, lactancia, provisión de guarderías), y las del resto del ciclo vital, o las demandas de cuidado de enfermos, personas con capacidades diferenciales o personas adultas mayores, no están contempladas.
Pero a su vez, numerosos estudios nos han demostrado que las regulaciones laborales presentan un claro sesgo de género, donde el tratamiento de
estas medidas es solo para “mujeres”, presuponiendo las leyes laborales que los hijos e hijas solo son responsabilidad exclusiva de las mujeres. Y a ello se suma la baja conciencia de los empleadores de cumplir con las obligaciones vinculadas a las responsabilidades trabajo-familia, el frecuente –y falaz- argumento del mayor costo laboral que representaría la maternidad y que ha quedado claramente demostrado que no es más que un mito, la baja capacidad de fiscalización del Estado, pero principalmente la falta de consideración de que la maternidad, así como también el cuidado de enfermos o adultos mayores, no son cuestiones individuales sino funciones sociales.
En otros términos, no se discuten estrategias para trabajadores asalariados varones y mujeres, que en general cuentan con algún tipo de regulación y protección de derechos, pero tampoco para quienes se encuentran en condición de informalidad laboral y, por ende, no tienen previsto ningún tipo de cobertura, y mucho menos para el amplio conjunto de quienes requieren de atención. Son sumamente incipientes las propuestas de reformas institucionales en esta dirección, ya que en general hay una ausencia de la mirada de las instituciones de política social sobre la promoción de cambios en la organización de la vida cotidiana, como por ejemplo adaptar servicios y transporte públicos, horarios escolares, sistema de salud, que permitan articular de mejor manera las demandas laborales con las de cuidado, y particularmente, deslinden la responsabilidad exclusiva del cuidado de las mujeres.
Nuevamente, la forma en que cada familia, y dentro de las familias las mujeres, resuelva el cuidado va a depender de la disponibilidad de ingresos, promoviendo una nueva desigualdad y un “círculo vicioso”: quienes tienen más recursos pueden cuidar mejor y cuidarse y protegerse más, en desmedro, claro está de las mujeres de menores recursos que además tienen en general más personas bajo su cuidado y menos tiempo para el autocuidado. Es la imagen que venimos presentando hace un tiempo: “se cuida como se puede, se es cuidado también como y cuando se puede”.
Pero si de atravesamientos se trata, reiteradamente
En rigor, la efectividad de medidas de corte igualitario como las enumeradas al inicio, se comprueban no solo en las garantías de acceso y de la potencialidad de ingreso a un puesto de trabajo en “igualdad”, sino durante todo el desarrollo de su desempeño laboral (trayectoria) en el que no existan situaciones de segregación ocupacional, las que entre otros factores incluyen estratificación social en cuanto al poder, las calificaciones profesionales o técnicas y los ingresos, traduciéndose todos estos factores en indicadores que en general prueban las desventajas sociales y económicas que tienen las mujeres. A ello se le suma las demandas de cuidado, en contextos de escasa división sexual del trabajo en el interior del hogar, y en muchos casos acompañados por situaciones de violencia doméstica.
Asimetría de poder en el uso y su distribución, lógica meritocrática, discriminaciones por género, etnia, vulnerabilidad socioeconómica y de cuidado, completan la fotografía en torno a un tema cuya centralidad impregna la vida cotidiana de millones de personas en la región pero que poca atención ha demandado por parte de los gobiernos; tal como nos recuerda Haydée, cuando no hay inversión y gasto público social lo asumen las mujeres y ellas deben aumentar el trabajo para “compensar” sus múltiples funciones como trabajadoras, madres, esposas y participar en la vida social y comunitaria.
Pero los problemas actuales de falta de autonomía o “autonomía a-traves-ada” -forzando la metáfora birginiana- se potencian en contextos de exposición permanente a la violencia, de género, intrafamiliar o institucional, a las múltiples, diversas y mutantes condiciones para el ejercicio de la ciudadanía en América Latina de las mujeres, a la segregación ocupacional y salarial, a los límites identitarios y problemas de agencia, pero principalmente a lo que tanto hemos escuchado decir a Haydée: que esta tensión forma parte de la multiplicidad de elementos que se funden en las identidades.
“No se trata de políticas con perspectiva de género sino de la utilización política del género”[4]
Tal como muchas de las autoras y autores de ese libro refieren en sus relatos,
Repito que a priori, pensando en los países que desde Beijing a la fecha han adherido y ratificado numerosos instrumentos internacionales de derechos humanos y de género, sumado a las acciones descriptas, debería haber sido relativamente sencilla su incorporación. Partiendo de la heterogeneidad de situaciones que existen en los países de América Latina, se puede afirmar que el papel integrador o performativo ha sido muy bajo. Múltiples razones dan cuenta de esta situación; sin embargo, resulta aún más sorprendente como en algunos campos y áreas específicas se ha producido un retroceso, como en países donde los mecanismos para el adelanto de la mujer son desjerarquizados y no precisamente porque se haya transversalizado la política, o retrocesos como fallos judiciales de las máxima cortes de justicia que cuestionan la aplicación de ciertas medidas equitativas, tal como señalan algunos de los trabajos incluidos en este volumen. Ahora bien, ¿cuáles son las razones que han impedido este proceso? O, como diría Haydée Birgin, ¿Cuáles son los márgenes de acción?
Para esbozar una respuesta, y si bien no disponemos de un estudio sistemático que de cuenta de las experiencias locales en la transversalización, dando una rápida mirada de las estructuras estatales podemos apreciar que el panorama poco ha cambiado, inclusive en países donde se llevaron a cabo procesos de reformas integrales (Ecuador y el Estado Plurinacional de Bolivia) las estructuras tradicionales del Estado se resisten al proceso transformador, sea por resistencia de las burocracias tradicionales, sea por desconocimiento de la metodología de transversalidad, por falta de presupuesto asignado al proceso o simplemente por déficit en sus capacidades institucionales.
Haciendo un paralelismo con los sistemas de políticas sociales, la impronta focalizadora de la política pública dirigida a mujeres de las últimas tres
décadas deja una capacidad instalada en los ministerios sectoriales, la cual es muy difícil desmontar, en tanto se asume que todos y cada uno realizan acciones para mujeres y, por ende, al ejecutar cada uno un poquito –o mucho en términos de cobertura de la población asistida-, asumen que están transversalizando el género. Nada más alejando del objetivo, particularmente porque los programas focalizados atentaron contra el principio de universalidad en las políticas sociales, produciendo un proceso de fragmentación en la gestión estatal totalmente contrario al principio de transversalidad.
De todas maneras, se identifican algunos casos donde existe una mayor presencia del organismo para el adelanto de la mujer en algunos campos, pero no en toda la política. En paralelo y como parte de este heterogéneo proceso, se registran acciones estructurales, entre las que podemos mencionar proyectos de ley sumamente novedosos, ampliación del tiempo de cuidado para madres y padres a partir de un proceso de revisión de las licencias por maternidad y paternidad, reformas en materia de regulación del servicio doméstico. Estos son ejemplos de cambios robustos en dirección a la transversalidad, pero en los cuales su peso específico en el contexto de sistemas ciegos al género no resulta determinantes aún del proceso de transformación, si bien marcan una tendencia más equitativa. Mas no debe olvidarse que en su mayoría estos cambios han sido promovidos por las luchas y demandas de las mujeres y del movimiento en su gran amplitud. Esto es, están atravesadas por las mujeres.
Sin embargo, sería importante interrogarnos si estas acciones integrales en el marco de una política pública que actúa de manera desmembrada y sectorializada garantiza que el impulso transversalizador impregne efectivamente el proceso de cambio. Precisando, ¿cuánto han modificado estas acciones a la política económica? ¿Las reformas han implicado una discusión de la reforma tributaria de los estados? ¿Cuánto efectivamente se ha avanzado en que la economía sea transversal al género? ¿Qué actores y bajo que alianzas están impulsando el proceso transversalizador? ¿La distribución/redistribución del tiempo ha sido analizada? ¿Hay debates en torno a la autonomía?
Sin embargo, no debemos confiarnos en que el camino está trazado, sino que porque precisamente como dice Nieves Rico, “de la incertidumbre surge la creatividad de propuestas” es que se debe insistir en que la transversalización de la política, como forma de redistribución de poder, actúa en el interior de cada esfera sectorial de la política, en la economía –núcleo básico de reproductor de desigualdades- en cada órgano legislativo y judicial, y en todo momento.
Concordantemente, propusimos la consideración del cuidado como un derecho universal que incluya a todos y a todas, en su potestad de reclamar el derecho a ser cuidado, a cuidar y a cuidarse (autocuidado). Significa que no se trata solo de impulsar acciones que aumenten la oferta de servicios reproductivos, indispensables por cierto y no solo en los núcleos urbanos, sino que transversalmente se aborde las responsabilidades de cuidado que les competen a todos los miembros de la sociedad, desde el Estado, los empleadores y los miembros de la pareja. También implica desvincular al cuidado de las relaciones laborales asalariadas y ponerlo en titularidad de cada persona.
Pero para que el proceso tenga éxito, o para que podamos pensar que podemos avizorar el posfeminismo, la autonomía “a-traves-ada” debe situarse como el dato que impulse el proyecto de transformación cultural, social, política y económica. Pensar en esferas que amplíen los márgenes de autonomía de las mujeres y de los varones consiste precisamente en atravesar la vida cotidiana, transformarla e impactar en la toma de decisión pública.
Un paréntesis y una apertura…
En el año 1999 tuve el enorme privilegio de que Haydée me convocara a escribir sobre las consecuencias del ajuste estructural de los años noventa y la participación de las mujeres en el mercado de trabajo, en uno de los tomos de la colección que lanzó y que marcó un hito en la producción académica de género, no solo en Argentina sino para toda América Latina.[6] En el transcurso de la elaboración del trabajo y las devoluciones de Haydée nos fuimos conociendo, descubriendo increíbles coincidencias familiares y desde el inicio una familiaridad que solo Haydée puede trasmitir, que fue consolidando esta relación de amistad de más de una década.
El día de la presentación de
Este libro que hoy dedicamos a Haydée da cuenta de ello, pero también nos muestra los esfuerzos que colectivamente hemos realizado para llevar adelante esta “revolución pacífica” como tantas veces se ha dicho del feminismo. Haber podido reunir en una obra colectiva como es este libro a la mayoría de las referentes claves del feminismo latinoamericano, en forma conjunta con referentes en muchos campos del saber, de la política, de la academia, de la justicia, de la literatura, de la vida!, es una muestra clara de cuán amplio y rico es este mundo “birginiano” y por supuesto cuántos afectos, respeto y fraternidad ha cosechado Haydée.
La agenda pública de este siglo en curso se presenta, una vez más, desafiante. Luego de haber leído –y aprendido tanto- de las contribuciones aquí compiladas, claramente debemos potenciar los logros, avanzar en reducir las brechas, eliminar la violencia, despenalizar el aborto y garantizar los derechos sexuales y reproductivos, respetar las identidades de género, acceder a los puestos de conducción, promover nuevos arreglos institucionales en materia de seguridad y protección social, transversalizar la política, redistribuir el cuidado y democratizar el uso del tiempo, avanzar efectivamente hacia la igualdad material, pero particularmente seguir con la firme convicción de que aún hay mucho camino por andar, pero que ese andar, como dice Haydée, nos interpela, convoca a cada uno y cada una, ya no en un desafío, sino en un deber cívico.
El posfeminismo del que hablaba Haydée, y si lo interpreté bien, es precisamente la meta a la cual podemos aspirar pero sin dejar de ser conscientes de que se deben dar pasos en firme y que aún hay mucho por hacer en pos de la autonomía efectiva de las mujeres.
Estamos seguras de que una vez más, Haydée querida, nos ayudarás a ver con claridad el camino.
Referencias
[1] Respetando la consiga para la elaboración del libro de no incluir citas, algunos de los argumentos aquí expuestos fueron desarrollados en otros trabajos previos de mi autoría y muchos otros son parte de las ideas vertidas a lo largo del libro. Asumo completamente errores y omisiones.
[2] Haydée Birgin (comp.), Acción Pública y sociedad. Las mujeres en el cambio estructural, Buenos Aires, CEADEL- Feminaria, 1995.
[3]Haydée Birgin, “Identidad, diferencia y discurso feminista. Universalismo frente al particularismo”, en Haydée Birgin (comp.), El Derecho en el Género y el Género en el Derecho, Buenos Aires, Biblos, 2000, p. 119.
[4] Haydée Birgin (comp.), Acción pública y sociedad…, p. 15.
[5] Ídem p. 16.
[6] Haydée Birgin (comp.) Ley, Mercado y Discriminación. El género del trabajo, Buenos Aires, Biblos, 2000.











1 Comentario
Qué interesante, muchas gracias por compartir la información!