Una economía al servicio de todos… y todas

Semanas atrás fue presentada la versión en español del informe de ONU Mujeres El progreso de las mujeres en el mundo 2015-2016: transformar las economías para realizar los derechos, que analiza cómo sería la economía si realmente fuese efectiva para las mujeres, y que evidencia que una economía más humana, que contemplara a las mujeres, redundaría además en beneficio de toda la humanidad. A continuación reproducimos un fragmento del mismo que da cuenta de cómo los estereotipos, el estigma y la violencia son obstáculos para el logro de la igualdad. 

COMUNICAR IGUALDAD- Los estereotipos, el estigma y la violencia a menudo agravan las desventajas materiales e impiden a las mujeres acceder a servicios y a oportunidades que pueden mejorar su situación. El hecho de sufrir violencia, por ejemplo, no solamente es una violación de la dignidad y del bienestar físico y mental de las persona, sino que también puede conducir a la falta de vivienda y a la pobreza. Prevenir la mortalidad materna no consiste simplemente en aumentar las intervenciones técnicas o en ofrecer una atención sanitaria asequible, sino que también implica abordar el estigma y la discriminación por parte de quienes proveen los servicios, que puede influir en la decisión de las mujeres a la hora de solicitar atención para su salud reproductiva.

Los estereotipos de género se traducen en segregación de género, primero en el sistema educativo y posteriormente en el mercado laboral. Las niñas siguen teniendo menos probabilidades que los niños de elegir estudios en campos tecnológicos y científicos y, cuando lo hacen, es menos probable que obtengan puestos de trabajo con remuneración elevada en esos ámbitos. Estas “elecciones” están basadas en estereotipos sobre ocupaciones idóneas para las niñas, en lugar de basarse en las capacidades. Lo mismo sucede en el mercado laboral, donde las mujeres tienen una amplia representación en categorías administrativas y de asistencia, así como en profesiones relacionadas con los cuidados, que tienden a estar mal remuneradas.

Los estereotipos de género también determinan el modo en que mujeres y hombres dividen su tiempo entre el trabajo doméstico y de cuidados remunerado y no remunerado, y entre trabajo y ocio. Resulta más difícil acabar con los estereotipos que definen la prestación de cuidados como esencialmente femenina (y materna), que con aquellos que consideraban el mantenimiento de la familia un ámbito masculino.Cada vez son más
las mujeres que adoptan estilos de vida y patrones de trabajo considerados masculinos, participando de manera más intensa en el mercado laboral. Sin embargo, los hombres no están asumiendo en la misma medida una mayor responsabilidad en el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, mayoritariamente considerado propio de mujeres. Las brechas de género en el trabajo no remunerado se reducen en los países desarrollados, pero persisten de manera más evidente que las correspondientes a las actividades en el seno del mercado laboral prácticamente en todas partes.

Descrito como un proceso de deshumanización, degradación y devaluación de las personas en determinados grupos de población, el estigma es un arma que utiliza el poder para definir qué es “normal” o “aceptable” como medio para conservar su posición con respecto a un grupo subordinado. El estigma e incluso la violencia son utilizados a menudo para aplicar estereotipos y normas sociales sobre un comportamiento femenino y masculino “apropiado”. El estigma es invocado con frecuencia cuando el género se entrecruza con otras características, como la discapacidad y la sexualidad así como la pobreza, la raza, la casta, el origen étnico y la condición de persona migrante. Por ejemplo, las mujeres migrantes pertenecientes a minorías étnicas que trabajan en el servicio doméstico a menudo son estigmatizadas por ser atrasadas, sucias o portadoras de enfermedades, justificando así su posición subordinada con respecto a sus empleadoras y empleadores.

La estigmatización tiene consecuencias de gran alcance para la realización de los derechos económicos y sociales: vuelve invisibles las necesidades de determinados grupos e individuos, los empuja hacia los márgenes de la sociedad y los excluye del acceso a los recursos y a los servicios.

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