Sobre la libertad de ser bellas

Los concursos de belleza son parte de la construcción de la violencia simbólica en todo el mundo. Y los ideales de belleza de culturas ajenas también atraviesan a las mujeres de Oriente y Occidente, del Norte y el Sur desiguales. También las niñas están siendo sometidas en eventos de este tipo. ¿Alguna tiene posibilidad de elegir? ¿O el modelo cultural, y las necesidades económicas, son tan potentes que hasta las mujeres adultas quedan atrapadas en el deseo de brillar por ser bellas?

infPor Sarah Babiker

COMUNICAR IGUALDAD- El pasado mes de enero, la colombiana Paulina Vega fue acreditada como la mujer más bella del mundo en la edición de Miss Universo celebrada en la ciudad estadounidense de Florida. En su país natal muchas personas se congratulaban por lo que consideraban venía a corroborar la particular belleza de las mujeres colombianas. Miss Universo 2014, entrevistada por los medios, se mostraba como una chica sencilla que había alcanzado su sueño.  Un modelo a seguir. No faltan oportunidades para que las colombianas se midan entre sí por su belleza, en un país que destaca por el volumen de negocio que supone la cirugía plástica, y el valor social que se le da a cierto ideal de mujer; hasta las niñas tienen la posibilidad de poner sus colas a competir en ediciones infantiles de miss tanga.

En efecto, pocos días antes de que la mujer más hermosa del mundo hablara con acento colombiano, la opinión pública del país se encontró con una de las variantes más perversas de este culto por poner a los cuerpos de las mujeres a competir: una edición que bajo el nombre Miss Tanguita invitaba a nenas de seis a diez años a desfilar en tanga durante los festejos locales de la ciudad de Barbosa, ante un público en gran medida compuesto por hombres alcoholizados.

Parece que fue el nombre del certamen lo que hizo que saltaran las alarmas, pues el evento venía celebrándose desde hacía 20 años, bajo otro nombre sin que nadie se escandalizara. De hecho su referencia, Miss Tanga, es una franquicia montada en torno a la cola femenina que mueve millones de pesos y concentra a multitudes por toda la geografía del país que se deleitan en observar y valorar “las mejores colas colombianas”.

Muchas personas defendieron Miss Tanguita. “A las niñas les gusta participar” decían, “no le hace mal a nadie”. Los concursos de belleza infantiles son sin duda más polémicos, pues a las niñas no se les presupone esa libertad de elegir. Libertad de elección que, la idea liberal  y ciega a las estructuras de dominación de género, sí les presupone a las adultas.

En 2006, la comedia estadounidense sobre una niña que participa en un concurso de belleza infantil, Pequeña Miss Sunshine, actualizó este tema. La inf2imagen de la madre fracasada que proyecta sus esperanzas de éxito en su hija hasta el punto de dañarla, está fuertemente asociada con estas prácticas. Casos como el de Jon Benet  Ramsey,  estrella de seis años de los concursos de belleza, asesinada en circunstancias extrañas, tras haber sido abusada sexualmente, se presentan como la triste hipérbole de una sociedad enferma.

Sin embargo, si eres mayor de edad puedes elegir libremente ser una Barbie. En Europa del Este hay varias: se operan para conseguir el cuerpo irreal de una muñeca y así alcanzan la fama, convirtiéndose en fieles imitaciones de esta imitación totalmente distorsionada del cuerpo de una mujer que son las Barbies.

En Italia, un documental de 2009 llamado Il corpo delle donne reflejaba con dura desnudez una paradoja similar: en su búsqueda por parecer siempre más jóvenes las señoras grandes con presencia en los medios recurren a la cirugía plástica. Tras pasar por el quirófano no se convierten en mujeres jóvenes sino en mujeres operadas con algunos atributos (labios carnosos, nariz chata, pechos prominentes, cola elevada) que más que comunes a la juventud, son comunes a las muñecas inflables. Con ese modelo imponiéndose en los medios, a las mujeres jóvenes tampoco les basta su juventud y acaban operándose para parecerse a esas señoras grandes que en principio se operaron para seguir pareciendo jóvenes. La dominación que ejerce la violencia simbólica es tal que obliga  a las mujeres a un constante alejamiento de sí mismas para calzar en los estereotipos de belleza dominante.

inf3En la India y África, donde las pieles de las mujeres son oscuras, la belleza pasa por aclararse la piel, las cremas que contribuyen a este fin -con efectos en muchos casos cancerígenos- son masivamente consumidas. Mientras, millones de litros de cremas bronceadoras fluyen hacia la clara piel de las mujeres blancas, que viven en ciudades donde no faltan las lámparas de rayos uva para alejarse de sí mismas aunque el sol salga en sus parajes cuatro días al año. En Occidente hace furor el alisado japonés mientras en Oriente, los ojos de miles de mujeres son agrandados cada hora gracias a las cirugías de párpados. En muchos países árabes donde la virginidad forma parte del ideal de mujer, se reconstruyen hímenes a un módico precio, ya no en una negación del propio cuerpo sino del propio pasado.

Se trata de mujeres, en cada rincón del mundo, que firman como personas adultas autorizaciones para pasar por quirófano, gastan sus salarios de trabajadoras adultas en cremas para aclararse o broncearse, y participan sin que nadie les obligue en concursos de belleza que les darán el título de Miss Universo o de la Reina del Camarón y el Langostino. Pretender que esas mujeres son libres es ignorar lo que tienen en común: viven en sociedades patriarcales que hacen de estas sutiles prácticas de violencia simbólica el hilo de hierro con el que mantener bien firme el tejido de un sistema de dominación que las subordina a todas.

Imagen destacada: Litlle Mis Sunshine.

NOTA CENTRAL:

Reinas y misses: cuando la violencia simbólica se ejerce con el auspicio del Estado.

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