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Infancia vulnerada
La infancia de Alika Kinan suma vulnerabilidades y violencias que fueron el antecedente de la situación de explotación sexual que atravesó en la adultez. Hija de una mujer a su vez explotada por su madre y esposo, fue violada en la adolescencia; a los 16 quedó al cuidado de una hermana de 10 años; y poco antes de comenzar a prostituirse su padre le robó todo lo que tenía y la extorsionó.
Por Natalia Castro Gómez
COMUNICAR IGUALDAD-Cuando Alika nació, Argentina no era precisamente un país tranquilo. Corría el primer año de la dictadura militar y se publicaba una lista de nombres autorizados para los recién nacidos. Su familia tuvo que hacer un juicio para bautizar a la primogénita con el nombre de su abuela paterna, la anotaron dos años después, pero con C: Alica con C. No sería la primera vez que su nombre recorrería los pasillos de un juzgado, pero era demasiado pronto para saberlo.
Su infancia transcurrió en Córdoba entre muñecas y paseos en bicicleta; una niña tranquila que estudió en el colegio alemán y disfrutaba los deportes. Su madre no era muy cariñosa y peleaba continuamente con su esposo por su devoción al casino; Alika, por el contrario, veía en su padre a un héroe en el que buscaba apoyo. Mucho tiempo después, cuando era adulta, supo que sus padres se conocieron en una whiskería y pudo encajar todas las piezas con naturalidad.
“Si miro al pasado, puedo ver a una mujer que sufría violencia de género; durante muchos años mi mamá fue familiarmente empujada a una situación de explotación sexual en la cual estaban involucrados su madre, sus hermanas y mi padre, típico machista que consumía y disfrutaba los beneficios de la explotación.”
Ignorante de esta realidad, Alika cumplió catorce años. Su vida transcurría con normalidad hasta que pasó algo que marcó el inicio de una extensa cadena de violencias: el hermano de una compañera del colegio la violó. Estaba horrorizada y no podía hablar con nadie, sus padres atravesaban un momento delicado y no quería llevar más problemas a la casa. Se sentía culpable, su madre tenía la mentalidad de mucha gente: uno es quien provoca ese tipo de situaciones. Decidió contarles a sus compañeras y no le creyeron; su palabra no tenía fuerza ni validez.
Ese día hubo un quiebre: repitió el año, sus padres se separaron y su papá no se hizo cargo ni emocional ni económicamente de su familia; sin dinero para comer y una madre hundida en un pozo depresivo profundo, se dedicó a proteger a su hermana.
Dos años después, su mamá decidió irse a Buenos Aires. Alika tenía dieciséis años y había quedado al cuidado de su hermana de diez. Las dos menores se fueron a vivir a Cruz del Eje, un pueblito a 380 Km de Córdoba capital donde residía su tía. Corría la época del menemismo y su mamá había vendido un viejo jeep que le pagaron con bonos del Estado; aunque nadie quería recibirlos, era lo único que tenía para vivir con su hermana. Se fue a dedo a Córdoba para ver a su papá, cuando le contó que tenía los bonos, se los sacó diciendo que le devolvería el triple en moneda nacional. Nunca vio el dinero.
Sin un centavo en el bolsillo, decidió irse a Córdoba capital a buscar trabajo; cuando todas las puertas se habían cerrado conoció a una chica que le ofreció trabajar en el Aries, un departamento privado donde había aproximadamente veinte chicas y se organizaban despedidas de solteros.
Rápidamente consiguió dinero para alquilar un departamento y traer a su hermana menor. Un día apareció su padre, la acorraló en la calle y le dijo que sabía lo que estaba haciendo; si no le permitía vivir en el departamento le quitaría a su hermana. Atemorizada, Alika accedió. La espiral de la violencia se mordía la cola.
Al poco tiempo, una compañera del reservado le contó que necesitaban chicas en un boliche que se inauguraría en Ushuaia, puerto de barcos pesqueros y militares nacionales y extranjeros. Supuestamente, se trataba de una discoteca donde los consumidores invitaban a las chicas a tomar algo y ellas podían irse con quien mejor ofertara, dejando un porcentaje razonable de dinero a la persona que regentaba.
Alika aceptó y le mandaron el pasaje.
Tenía diecinueve años cuando aterrizó en la ciudad más austral del mundo.
Nota central:
«Yo pensaba que tenía la posibilidad de elegir»