“La violencia tiene mala prensa, pero no es lo mismo cualquier tipo de violencia, y no es lo mismo quien la ejerce”

Ya sea planteadas dentro de la disputa del sentido en los ámbitos públicos, o como método legítimo de salvaguardar la integridad física y psíquica, la acción directa contra los violentos y la autodefensa feminista son hoy estrategias que se configuran colectivas. El desterrar el miedo, y la insistente presentación de las mujeres y las personas del colectivo lgttbi, como víctimas u objetos de las agresiones para tomar el control de nuestras vidas en libertad.  Hablamos sobre el tema con Rosario Castelli, lesbiana, feminista, integrante de la Coordinadora Feminista Antirrepresiva, quien define a los talleres de autodefensa feminista como «una práctica micro-política de reconfiguración de la subjetividad enmarcada en un proceso colectivo que te constituye y afecta tu forma de habitar el mundo fortaleciendo tu autonomía pero respaldada por la manada”. 

Por Laura Salomé Canteros

COMUNICAR IGUALDAD- Marchar, en manadas y con capuchas, con palos y pañuelos tapando nuestros rostros, con banderas, pancartas y cánticos feministas en el megáfono. “Que arda el patriarcado, muerte al macho” son las consignas que se agitan en las calles de algún barrio popular del conurbano bonaerense, que se escuche bien fuerte que no estamos solas, que estamos organizadas”, el mensaje sensiblemente explícito lanzado a la sociedad por las activistas y vecinas empoderadas.

El 3 de octubre se realizó una movilización para interpelar a los poderes sobre el estancamiento de la denuncia penal realizada el 29 de setiembre en la Comisaría 7ª de La Reja, Moreno, contra un varón de 25 años que habría abusado sexualmente de una niña de 14. La convocatoria, lanzada por feministas antirrepresivas a través de las redes sociales, llamaba a la acción directa contra el violador y los violentos como respuesta ante las complicidades institucionales que sostienen y perpetúan las asimetrías, dominaciones y opresiones machistas sobre los cuerpos vulnerados.

¿Debemos ser pasivas, delicadas, débiles, sumisas, desvalidas, sacrificadas, necesitamos ser (y estar) protegidas, a la sombra de los varones? ¿O nos empoderamos públicas y colectivas, activas, fuertes y violentas, insurrectas, desarrollando estrategias de supervivencia que nos devuelvan el control de las vidas en nuestras manos?

La autodefensa feminista es una estrategia colectiva que propone, en contraposición a una concepción del mundo “paternalista, de dependencia y victimista”, la acción directa en la utilización de la agresividad, la rabia organizada, las capacidades y las inteligencias para la defensa de los ataques y la violencia de los varones agresores. La autodefensa se plantea como respuesta a una agresión previa y como método legítimo de salvaguardar la integridad física y psíquica.

Un disparador necesario: la legítima defensa

Ante la aparente falta en el reconocimiento de la legítima defensa en una sociedad, un Estado e instituciones heteropatriarcales que no nos consideran dueñas de nuestros cuerpos, esos que son violentados de múltiples formas cotidianamente, desde los talleres de autodefensa feminista – y ante la negación del derecho a transitar en libertad- surgen la comprensión de lxs otrxs y el acompañamiento de quienes deciden romper con el miedo.

Hay muchas líneas posibles para pensar la autodefensa. La que primero conocí, viene de una práctica clandestina, en grupos cerrados, dispersos y juntos estratégicamente, con transmisión de herramientas en espacios de encuentros feministas transfronterizos, por vía oral y con talleres de iniciación”, sostiene Rosario Castelli, lesbiana, feminista, integrante de la Coordinadora Feminista Antirrepresiva y de espacios de autodefensa.

Es una práctica micro-política de reconfiguración de la subjetividad enmarcada en un proceso colectivo que te constituye y afecta tu forma de habitar el mundo fortaleciendo tu autonomía pero respaldada por la manada”, relata Castelli, quien en los últimos cinco años viene participando de espacios de autodefensa.

Los talleres y grupos de autodefensa no tienen una única forma”, sino que son “lo que produzca el encuentro entre esas personas que se encuentran, que se cruzan a preparase, a entrenar”. La riqueza está “en no establecer roles fijos, y en poder aprovechar lo que cada quien tenga para ofrecer al espacio”, con el fin de observar cómo “los procesos individuales se suceden como parte constitutiva de un proceso colectivo, de una grupalidad que se revisa en forma permanente, intentando cuestionar cada aspecto de la vida social”; para construir una ética y “apropiarse de la vulnerabilidad como estrategia de resistencia. Para hacernos más fuertes y reconocer nuestros privilegios y nuestras opresiones”.

El encuentro con otras, el sentir que todo eso que te pasa, es una vivencia compartida y que se puede deconstruir también colectivamente; y ser consciente de la fuerza que tenemos adentro, tanto física como simbólica”, es de lo que más destaca Castelli. “Nunca salís igual después de pasar por un taller” y relata que “tiene mucha potencia realizarlos en espacios públicos, masivos, visibles, pero también lo tiene generar procesos a largo plazo, con un mismo grupo, acompañando el proceso de cada una entre todas, lo que te permite profundizar en un montón de aspectos, temas, prácticas distintas”.

¿Violentas?

Organizar acciones en defensa de derechos suele tener el costo de ser señaladas y enjuiciadas, las que luchan por la abolición del sistema punitivo y la violencia de las instituciones represivas o en las cárceles, suelen ser perseguidas, amenazadas, cuando no silenciadas. El camino del señalamiento de las represiones, violencias y complicidades sociales no es sencillo. Y mucho menos cuando la reacción que se enfrenta al poder patriarcal tiene rostro feminizado.

 “La violencia tiene muy mala prensa, pero no es lo mismo cualquier tipo de violencia, y no es lo mismo quien la ejerce”, sostiene Castelli en relación a quienes consideran que las personas que realizan acciones directas contra los violentos o talleres de autodefensa feminista son “violentas”. “No estoy de acuerdo con el clásico ´es lo mismo pero al revés´. Solo alcanza con ver quienes detentan el monopolio de la violencia (generalmente el Estado, en manos de varones), y sobre quienes la ejercen”, dice. “Las violencias estructurales, institucionales, tienen bien claro lxs sujetxs de descarga, la rabia organizada de parte de quienes se defienden de esa violencia es una estrategia de superviviencia”.

La autodefensa, entendida como modos de cuidarnos entre nosotrxs, también es la autogestión colectiva del placer, de la risa, la alegría, el juego, el baile, la fiesta. Porque no hay recetas, para algunas puede implicar aprender a estar alertas por la calle, pero para quienes viven hace 30 años con la alerta enquistada, es encontrar un descanso en otras, disfrutar. Y esas conquistas son las que más molestan, las que se instalan en el cuerpo como espacios de resistencia y como formas de liberación”.

Nota central:

Feminismo y confrontación: Las mujeres y los “buenos modales” en la lucha por la igualdad

 

 

 

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