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Niñez trans
Cuando se habla del colectivo trans pareciera ser que quienes lo componen nacen adultas/os mientras que la identidad de género se autopercibe en los primeros años de vida. Lulú, la niña que luchó por el cambio registral, es un claro ejemplo de acompañamiento y empoderamiento desde los primeros años que lejos está de otras historias en donde las familias fueron las primeras en discriminar y expulsar a las calles.
Por Jesica Farías
COMUNICAR IGUALDAD – “Mi lucha viene desde hace mucho tiempo, empezó cuando me puse la pollera cuando era chiquita a los 4, 5 años y una compañerita del jardín me dijo ´no, no tenés que usar eso` y después la maestra me la hizo sacar brutalmente diciéndome que yo era machito. No me reconocieron como pequeña trans”, recuerda Daniela. Hoy, a los 36 años y con una ley que la respalda desde hace uno, recapitula su infancia y comprende que muchas veces allí se desencadena un incierto futuro que las lleva a no superar las tres décadas y media de vida.
“Así es, no se habla de niñas y niños trans sino que se piensa en el colectivo como compuesto por personas que superan los 25, cuando pasa que desde los
primeros años estamos definidas. Se habla de nosotras como si no hubiésemos tenido infancia pero el avance de estos 10 años de gobierno nos dio una ley que es clara respecto a la edad”, repasa Claudia sobre la Ley 26.743 que señala en su Artículo 5 -sobre personas menores de edad que soliciten la rectificación registral del sexo, el cambio de nombre de pila e imagen-: “Deberá ser efectuada a través de sus representantes legales y con expresa conformidad del menor, teniendo en cuenta los principios de capacidad progresiva e interés superior del niño/a de acuerdo con lo estipulado en la Convención sobre los Derechos del Niño y en la Ley 26.061 de Protección Integral de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes. Asimismo, la persona menor de edad deberá contar con la asistencia del abogado del niño prevista en el artículo 27 de la Ley 26.061” .
A fines de julio se conoció el caso de Lulú –nombre ficticio de una niña trans-. Ella, junto a su madre, pedía que se le concediera el nombre con el que se autopercibía pero en los primeros intentos el Registro de las Personas dela Provincia de Buenos Aires y la asesoría de Menores e Incapaces del Tribunal de Morón se lo denegaron. El rechazo, sin embargo, no frenó a la familia de la niña que se autopercibía como “nena” y “princesa”. Después de presentaciones y acompañamientos, ayer el gobierno bonaerense le entregó su nuevo DNI acorde a su identidad de género autopercibida.
Claudia retoma el caso, lo contrapone contra otra realidad, la de muchas trans en sus primeros años, en donde “borran ese período, también se borran nuestras identidades como si no hubiera niños gays; entonces se elimina esa parte que es la más vulnerable junto con la adolescencia”, dice la titular de Otrans La Plata.
Pedro Lemebel, escritor, cronista y artista plástico chileno, ilustra una niñez diversa, esa que se aleja a la heteronorma opresora en Lucero de mimbre en la noche campanal. “Pero él nunca quiso una muñeca, más bien él quería ser la muñeca Jacinta y tener el pelo platinado y largas pestañas de seda para mirarse en el espejo roto del baño. Contemplarse a escondidas con el vestido de la mamá y chancletear sus tacos altos, que le bailaban en sus piececitos de niño raro… Por eso las navidades de Jacinto no tuvieron noches buenas, a lo más patadas y escupos en su trasero maltrecho y una que otra caricia deslizada al azar, por la fetidez de algún ebrio solitario…Acaso el duende perverso de la nostalgia le juega una mala pasada haciendo tambalear sus tacos, a punto de soltar una perla de llanto al volver a recorrer las navidades polvorientas de su población. Pero esta noche no está para dramas, por eso, arreglándose la peluca, saca una botella de la cartera y la empina en un sorbo que le retorna la fortaleza… Los cerros recortan sus lomos de camellos sobre las calles desiertas y a Jacinto la madrugada lo sorprende como una bujía agotada, sin haber conseguido ningún cliente. Por eso al primer chorro de luz se va a dormir plegando su cola de pavo real, y barre al cometa dela Navidad arrastrando el cielo a la vereda”.
Sobre los primeros años, Daniela dice que “los padres no las reconocen, las echan de su casa y para sobrevivir aparecen degenerados que las prostituyen, un paso previo a las complicaciones en la salud que vienen con las enfermedades pero también por inyectarse silicona industrial”. Y esa/esta sociedad que no interactúa con la niñez trans, más bien la oculta o la disfraza, no hace más que socavar en el presente, su futuro.
Foto: La mamá de Lulu, ayer, en el momento de recibir el nuevo DNI para su hija de 6 años en el que figura su identidad autopercibida.
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