Femicidios de adolescentes: recordar a las víctimas para sostener la Justicia

En el marco de los Días de Acción por la Eliminación de la Violencia hacia las Mujeres -que se inician el próximo 25 de noviembre- y de la presentación el próximo lunes del monitoreo de medios “Ellas tienen derechos”- recordamos quiénes fueron  Ángeles Rawson, Melina Romero y Lola Chomnalez, tres adolescentes cuyas imágenes recorrieron los medios de comunicación luego de que fueron asesinadas. En los 2 primeros casos está acreditado que se trató de femicidios, del crimen de Lola aún no se conoce el móvil. Una condena, un caso que llega a juicio y otro que aún no tiene imputados.

Por  Belén Spinetta y Sarah Babiker

COMUNICAR IGUALDAD-En Argentina una mujer es asesinada cada 30 horas”. La frase que nos devuelve la más cruda realidad como estadística se repite cada vez más, quizás con más fuerza después del 3 de junio. Pero ¿quiénes son esas mujeres muertas por razones de género día a día? ¿Cómo hacemos para que sus nombres, sus rostros y sus historias no queden reducidos sólo a un número?

Ángeles Rawson, Melina Romero y Lola Chomnalez, eran tres adolescentes de menos de 17 años cuyos rostros  saltaron a la pantalla de televisión, a las frecuencias de radio y a las páginas de los diarios luego de que fueran brutalmente asesinadas. Las tres vivían en el radio de influencia de los grandes medios de comunicación -Capital y Gran Buenos Aires- y quizás por eso sus nombres no fueron tan rápidamente olvidados.  Ángeles y Lola eran parte de las clases medias y acomodadas de la capital de Argentina, Melina era una “piba” del conurbano… quizás por eso de ellas no se habló de la misma manera, sus vidas no valían lo mismo.

Un monitoreo elaborado por la ASOCIACIÓN CIVIL COMUNICACIÓN PARA LA IGUALDAD, sobre el tratamiento que estos tres crímenes tuvieron en los medios de comunicación, reveló el sesgo clasista a la hora de hablar de las jóvenes. Además de dejar en evidencia la ausencia del enfoque de género y derechos humanos a la hora de cubrir estos temas.

Femicidios con nombres propios

Ángeles Rawson tenía 16 años cuando fue asesinada por Jorge Mangeri, el portero del edificio en el que vivía en el barrio porteño de Palermo. Su cadáver fue encontrado el 11 de junio del 2013 en José León Suárez, entre la basura de la sede del CEAMSE, la empresa que se ocupa de la gestión de los residuos en la Ciudad y en la Provincia de Buenos Aires. Mangeri fue condenado a prisión perpetua en julio de este año por el Tribunal Oral en lo Criminal 9; se lo encontró culpable  por el delito de feminicidio en concurso ideal con los delitos de abuso sexual con acceso carnal en grado de tentativa y homicidio agravado por su comisión criminiscausae (ocultamiento del delito). La defensa del portero apeló la sentencia por lo que la misma aún no está firme.

Melina Romero desapareció el 23 de agosto de 2014 luego de salir del boliche Chankanab, en la localidad de Martín Coronado, provincia de Buenos Aires, al que había llegado para festejar su cumpleaños número 16. La búsqueda de la muchacha duró un mes; en el medio una adolescente (M)  apareció como “testigo clave” señalando que Melina había sido asesinada luego de negarse a tener sexo con varios jóvenes en el marco de un encuentro en el que circularon drogas ilegales y alcohol.  Su cuerpo fue hallado el 23 de septiembre en José León Suárez, a metros del Camino del Buen Ayre, cerca de un arroyo. Estaba envuelto en bolsas de consorcio. Por su femicidio estuvieron imputados al menos 5 varones, pero sólo uno de ellos –Joel Fernández- será llevado a juicio oral.

Lola Chomnalez fue la víctima más joven. Tenía apenas 15 años cuando fue asesinada el 28 de diciembre de 2014 en el balneario Valizas, una localidad costera del Uruguay.  Oriunda de la Ciudad de Buenos Aires e integrante de una familia de clase media alta, con una abuela que era reconocida chef, había llegado hasta el vecino país para pasar el año nuevo con su madrina. Desapareció una tarde y su cuerpo fue encontrado dos días después semienterrado en la arena.  Mostraba heridas de arma blanca y un fuerte golpe en la cabeza, la autopsia reveló que habría sido atacada por sorpresa y asfixiada contra la arena. Se abrieron dos líneas de investigación: la de un ataque desde el círculo íntimo o la de un intento de robo que terminó en muerte. Sin embargo, casi un año después, tras indagar a más de 40 personas incluidas la madrina y su pareja, todas fueron liberadas por falta de pruebas.

Los nombres de Ángeles, Melina y Lola ocuparon los titulares de los medios durante semanas, centraron debates y especulaciones, juicios de valor, reconstrucciones de hechos que se revelaron falsas, descripciones sensacionalistas, miradas indiscretas a su privacidad, revictimizaciones o idealizaciones, una polifonía de voces de expertas y expertos diversos que pontificaban sobre una cosa y la contraria. Hubo de todo. Lo que faltó fue una mirada desde los derechos humanos, ver sus muertes no como un jugoso asunto de policiales del que exprimir audiencia. Ver a estas adolescentes no como rostros sugerentes de cuyas  cuentas de Facebook se podían saquear imágenes sin fin.  Abordar estos femicidios como lo que son: la expresión más dramática de un problema social, que nace de la desigualdad de género, se construye a base de violencias cotidianas y estalla en la muerte de una mujer cada 30 horas. 

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