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“Aquí el machismo está bastante extendido”
Sandra llegó a la Argentina hace tres años proveniente de España, detrás de un amor. Integra Marea Granate Buenos Aires, nodo local de un movimiento transnacional de españolxs emigrantes que se organizan alrededor del mundo contra aquello que les expulsó del país: un modelo económico y político generador de pobreza, desigualdad y desempleo. Reconoce tener privilegios frente a otrxs inmigrantes por ser europea, pero a la vez observa un machismo más potente que en España: “Como mujer te ceden el asiento, tienes esa onda de caballerosidad que está más incorporada y todo bien, pero a la hora de la verdad el respeto a la mujer es mínimo. Vamos, eso de pisar una calle, y por cómo vas vestida puedan presuponer…”.
Por Sarah Babiker
COMUNICAR IGUALDAD- Fue el 18 de enero de 2013. Lo dice de carrerilla, como se recitan las fechas importantes, los cumpleaños, los aniversarios. Probablemente sea la única persona que recuerda la trascendencia de aquel momento. El 18 de enero fue el día en el que aterrizó en el verano porteño para quedarse. Venía directa desde el invierno de Madrid. “Estaba nerviosa”, sonríe, “super nerviosa, llegué a la tarde y mi novio me vino a buscar, y yo”, ya casi ríe, “muy nerviosa, porque cuando sales de casa sin idea de volver…”. En esos puntos suspensivos cabía todo su nerviosismo por empezar de cero en otro lugar. “Yo vine por amor y entonces, quieras o no, vienes con esa ilusión y bueno en realidad no tenía muchas expectativas más allá de encontrar trabajo, hacer amigos, amistades y hacer vida aquí, esa era mi intención.”
Trabajo tiene, amistades también, mientras la entrevisto, sentadas en el pasto frente a la embajada de España, estamos rodeadas de algunxs de sus amigxs, también está el novio que fue a buscarla al aeropuerto un 18 de enero de hace casi tres años. Por todas partes hay tortillas de patatas, tan españolas como toda la panda de integrantes del grupo, pertenecen a Marea Granate Buenos Aires, nodo local de un movimiento transnacional de españolxs emigrantes organizándose contra aquello que les expulsó del país, un modelo económico y político generador de pobreza, desigualdad y desempleo. “Se trata de una tortillada reivindicativa contra el proyecto del tratado de libre comercio entre la Unión Europea y Estados Unidos, le explican al personal de la embajada que se acerca curioso. Se van sin entender muy bien de qué va la historia, ni catar ninguna tortilla. El “hacer vida aquí” de Sandra también incluye esto: la militancia con otros compañeros por un cambio político en el país que se dejó atrás.
Según Sandra, es una decisión la que te convierte en migrante, que es “aquel que se va porque quiere hacer su vida en otro sitio”. ¿Porque quiere?, le pregunto. “Bueno, sí”, se detiene, “o porque se ve obligado. Acabas queriendo”. Resuelve pragmática: “ Lo veo como algo más definitivo que alguien que sabe que va a estudiar cierto tiempo y va a volver, o que va a trabajar un año en algo. En fin, es que no tienes fecha de vuelta, esa es la diferencia, yo lo veo así”.
La decisión parece que compensa, y aunque confiesa que se echa mucho de menos, que se extraña, desdramatiza la distancia: “Hoy en día que tenemos tanta posibilidad de hablar con la gente allá y de estar tan comunicados y que sabes que cada cierto tiempo puedes volver”. Hace balance: “Yo he ganado mucho. Primero porque al principio pasé mucho tiempo sola, y yo creo que eso me hizo ganar mucho a mi como persona, el pasar de estar en un entorno muy activo, de tener a mis amigas de toda la vida, a de pronto encontrarte en un sitio que nada que ver, y pasar mucho tiempo contigo misma, te hace crecer”. Y concluye: “Me he ido aprendiendo a desenvolver y más o menos tengo un vida cómoda, no me puedo quejar, la verdad es que me va bien.”
Quiero saber qué le ha aportado la ciudad, se lo piensa: “En realidad no creo que sea una cuestión de dónde estás, creo que es una cuestión de uno mismo. No creo que lo que me aporta Buenos Aires no me lo pudiera aportar otra ciudad del mundo. Creo que el cambio está en uno más que en dónde vive”. Afirma segura y se parte de risa mirándome: “No sé si te sirve.”
Después contextualiza su optimismo: “Estoy en Buenos Aires y soy una inmigrante europea, en ese sentido tengo más privilegios que ningún otro inmigrante, yo lo veo así.” Pero no todo son privilegios, “además de europea soy mujer, y aquí el machismo está bastante extendido, por ese lado tengo menos privilegios. Bastante menos, si ya España es machista, Argentina… “. Otros puntos suspensivos en los que caben muchas cosas. Por ejemplo: “Como mujer te ceden el asiento, tienes esa onda de caballerosidad que está más incorporada y todo bien, pero a la hora de la verdad el respeto a la mujer es mínimo. Vamos, eso de pisar una calle, y por cómo vas vestida puedan presuponer… Si vas vestida de una forma atractiva porque ese día te apetece es ya como si cualquiera tuviera derecho a decirte lo que le dé la gana”.
Le vienen a la cabeza otras desigualdades : “Yo trabajo en una oficina y estoy convencida de que gano menos que cualquiera de mis compañeros. Aquí tienen una movida de que cada uno negocia su sueldo con el jefe, no hay sueldo estandarizado para los puestos de trabajo. Se trata de una empresa de software, un sector bastante masculino. “Nosotros hacemos una reunión semanal y a la hora de reunirnos, ahí yo veo –yo no propongo nada por mi propia iniciativa, a mí los clientes me piden cosas y yo esas cosas las comunico en reunión – yo veo que si las pido yo, es mucho menos probable que se aprueben que si lo pide un compañero que casualmente es un hombre. ¿Me entiendes lo que te quiero decir?, es así.”
“No es que lo pida yo”, me aclara, “si el cliente da conmigo me lo pide a mí. Y en fin, si da conmigo está al horno porque si lo pido yo no se lo van a hacer. O sea tengo mucho menos poder y menos peso que cualquiera de los hombres que están allí, y eso se nota en la comunicación no verbal. Lo que pasa es que ya no lucho y me da igual, porque luego yo me llevo muy bien con ellos. No es personal, es que se manejan así”.
Sandra es educadora social, un sector bastante feminizado, le pregunto si sería muy diferente trabajar en una empresa de software en Madrid respecto a hacerlo en Buenos Aires. Lo medita: “Bueno, es verdad que en España me he encontrado con actitudes machistas pero capaz no tan fuertes. Puede ser que aquí esté más sensible a este tipo de situaciones o lo perciba más. En fin, o eres finlandesa o estás al horno, hala, ahora tienes que entrevistar a una finlandesa”, me desafía.
Foto: Gentileza Sandra.
Nota central:
Mujeres sin fecha de vuelta